En unas décadas, si seguimos por este camino, los filósofos del futuro podrán estudiar cómo llegamos al colapso del sentido común. Pero, mientras tanto, estamos aquí, siendo testigos de una época donde cualquier opinión —sin importar lo errada, ignorante o peligrosa que sea— tiene el mismo peso que una reflexión fundamentada.
El wokismo, la postverdad y la dictadura de la equidad discursiva han infectado el debate público, transformando la reflexión profunda y la sensatez en productos de consumo rápido, fácilmente desechables.
1. El derecho a opinar sobre todo, sin saber nada
Estamos tan obsesionados con el derecho de todos a expresar su opinión que hemos olvidado la diferencia entre tener derecho a opinar y tener el derecho a ser escuchado.
En este escenario de democracia digital y libertad total, todo el mundo tiene algo que decir sobre todo, aunque no tenga ni idea.
- ¿Mi opinión sobre economía? Vale tanto como la tuya, aunque yo sea abogado y tú ni siquiera sepas de qué va la inflación.
- ¿Y el cambio climático? Perfecto, aunque yo nunca haya leído un informe científico en mi vida.
- ¿Derechos humanos? Claro, aunque no pueda argumentar ni la definición de lo que entiendo por “justicia”.
Es la igualdad de las opiniones vacías. El problema no es que todos puedan opinar. El problema es que todos se creen que su opinión es igualmente válida, sin importar el contenido, la base o la coherencia.
2. El wokismo y la postverdad: ¿soluciones o armas de manipulación?
No voy a negarlo: el wokismo tiene aspectos válidos, como la lucha por la igualdad de derechos, el respeto a la diversidad. Pero ha degenerado en una religión dogmática donde la corrección política se impone como la única verdad. Y no puedes cuestionarla sin ser etiquetado como “fascista” o “racista”.
La postverdad, por otro lado, ha borrado cualquier resto de sentido común. La mentira se convierte en una herramienta de poder, y la gente se acostumbra a preferir la narración conveniente sobre los hechos incómodos. La opinión, más que la verdad, se ha convertido en la moneda de cambio.
3. Las opiniones no son todas iguales, y menos las vacías y las absurdas
Si este es el futuro que nos espera, entonces estamos condenados a la mediocridad intelectual. Porque, como ya estamos viendo, en la era de la postverdad, cualquier relato tiene el mismo valor, aunque se base en mentiras evidentes.
Sé que llamarlas opiniones vacías, es otro eufemismo y buenismo por mi parte, pero intento no perder las formas y con ello la razón. Y a decir verdad algo de prudencia para que una legión de haters activistas del victimismo y del agravio constante no se me echen encima por decir que: lo justo es analizar caso por caso, y no escudarse en causas generales para escurrir el bulto de la autorresponsabilidad de cada cual con su vida.
En realidad no son opiniones vacías, sino de verdaderas estupideces, esperpentos mentales convertidos en manifiestos pseudo culturales.
La confusión reina. Las opiniones sin fundamento y sin responsabilidad se vuelven más poderosas que las opiniones informadas, y el desprecio por la verdad avanza rápidamente. ¿Cómo competimos con eso? ¿Cómo defendemos el valor del conocimiento y la sensatez en un mundo donde cualquiera, desde su móvil, puede lanzar una mentira tan poderosa como la verdad misma?
4. ¿La solución? Distinguir, filtrar, cuestionar
La única forma de salir de esta trampa es revalorizando el pensamiento crítico. Es fundamental diferenciar entre una opinión y un juicio fundamentado.
En este mundo en el que la «opinión de todos sobre todo» ha sido elevada a la categoría de sabiduría universal, el pensamiento sensato y fundamentado será el verdadero acto subversivo. Y quien lo practique será considerado el enemigo del sistema.
Pero hay estrategias de defensa…