10.000 horas o una tarde: de aprendiz eterno a la maestría profesional

por Abel Marín
maestría personal

Hace unos días hablaba del espinoso tema del edadismo, y mi idea central era que no es buen diagnóstico tomar la edad por ser un factor en el que coinciden los desempleados, sino ir caso por caso, y tengo la sensación que pocos que han alcanzado la maestría profesional y personal les afecte.

Hay una trampa mental que frena a la mayoría: sobreestiman lo que pueden lograr en un mes, pero subestiman lo que pueden lograr en diez años. Esa impaciencia crónica, combinada con la aversión al esfuerzo profundo, convierte a millones en aprendices eternos que nunca alcanzan la maestría profesional.

La impaciencia crónica, el miedo al esfuerzo y el cambio constante impiden la consolidación profesional. La maestría personal requiere tiempo

La virtud olvidada: la perseverancia

La perseverancia no está de moda. No brilla, no da likes, pero es el secreto del crecimiento exponencial. Porque al perseverar, fallas, te frustras, corriges y mejoras. Eso se llama sabiduría, y no se regala: se forja.

El error de cambiar constantemente de foco.

Cambiar frecuentemente de empresa puede parecer moderno, incluso estratégico, pero a menudo es solo un disfraz del miedo a enfrentarse a uno mismo. Cada cambio es volver a empezar. Cada nuevo entorno borra lo construido. Y mientras uno cree que está avanzando, lo único que hace es evitar la incomodidad de consolidarse.

La verdadera promoción —la que no es flor de un día— nace de la valía demostrada durante años, de tu capacidad de resistir en los momentos difíciles y de hacerte indispensable no por el cargo, sino por la confianza que generas.

10.000 horas o una tarde: camino a la maestría profesional

Aquí está el nudo del asunto.

Un profesor de filosofía me dijo que: 

debíamos distinguir entre treinta años de experiencia y la experiencia de un día repetido durante treinta años.

Hay trabajos que se aprenden en una tarde. O en una semana. Una explicación breve, una hoja de instrucciones, repetir una tarea sin pensar. Son necesarios, sí. Pero fácilmente sustituibles. Requieren obediencia, no maestría. Están diseñados para no evolucionar. Si te mantienes ahí, por comodidad o por miedo, te congelas en una infancia profesional que puede durar toda la vida.

Y luego está el otro camino.

Dominar una disciplina compleja, exigente y valiosa, requiere aproximadamente 10.000 horas de práctica deliberada. Lo decía Malcolm Gladwell, lo confirma la experiencia. No basta con repetir, hay que mejorar. No vale con cumplir, hay que sobresalir. Es un error si piensas que se trata de pasar el tiempo, sino de invertirlo con intención.

Las 10.000 horas no son una cifra mágica, sino un símbolo: el precio del dominio de algo.

  • Son años de frustraciones, de aprender de tus errores, de ajustar tu criterio.
  • Son conversaciones duras, libros subrayados, dudas, mentores, desafíos.
  • Son noches de insomnio pensando cómo hacerlo mejor.
  • Son decisiones que otros evitaron.

Y cuando cruzas esa barrera, ocurre algo asombroso: tu trabajo empieza a hablar por ti. Tu nombre circula. Tus tarifas cambian. Tu tiempo vale más. La competencia se incomoda. Y tú ya no buscas, te buscan a ti.

¿Vale la pena?
Si quieres vivir con dignidad, libertad y propósito, sí.
Si no, siempre puedes aprender algo nuevo… mañana.

La verdad incómoda: no basta con saber, también hay que saber estar

La maestría no es solo técnica, también es carácter, excelencia personal.

Puedes acumular formación y experiencia, pero si eres maleducado, envidioso, chismoso o trepa, nadie querrá trabajar contigo.

Y si vas de brillante pero apareces con ropa fuera de lugar, haces pausas constantes para fumar, o bebes en horario laboral, tampoco.

La realidad —esa que no se enseña en los cursos— es que el mundo profesional es una red de interacciones humanas. La gente busca competencia, sí, pero también busca integridad, buen trato, saber estar. Y eso, aunque no aparezca en tu currículum, pesa más de lo que imaginas.

Con 40 o 50 años…

Habrá dos versiones posibles de ti:

  • El maestro buscado, con experiencia, criterio y habilidades.
  • O el aprendiz eterno, el que siempre “empezaba algo nuevo” pero nunca profundizó en nada.

Uno factura. El otro se queja.

Ser bueno molesta

Cuando alcanzas cierto nivel, aparecerán dos tipos de personas:

  • Quienes te admirarán y te buscarán.
  • Y quienes te odiarán, porque tu excelencia es su espejo.
    Y para proteger su ego, te culparán a ti, al sistema, al mercado, a la edad, al algoritmo…
    Todo menos a su decisión de no asumir el esfuerzo.

No se trata de ser el mejor, sino cada vez mejor.

La maestría profesional no es un derecho, sino una consecuencia. Una consecuencia de resistir, de aprender, de no cambiar de camino cada vez que algo incomoda.

Solo la mejora continua te lleva al dominio de algo, a ser bueno, incluso excelente en algo.

Tener un foco, buena actitud frente al trabajo y el compromiso a largo plazo con una empresa o una disciplina es una virtud que pocos tienen y muchos confunden con conformismo.

Pero no te engañes: a veces, quedarse y construir desde dentro es el acto más revolucionario.

 

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