La frustración elevada a Ley: mediocridad legalizada

por Abel Marín
mediocridad

En este país, la frustración ha dado un salto evolutivo: ha mutado en ley, la mediocridad ha sido legalizada.

Sí, lo que antes eran sentimientos de envidia, rabia o impotencia ante el éxito ajeno, ahora encuentra eco y validación en el BOE.

Hemos pasado de “igualdad de oportunidades” a “igualación de resultados”, aunque sea a golpe de decreto. No importa que hayas trabajado más, estudiado más, arriesgado más. Si destacas, molestas. Si prosperas, despiertas rencor. Y ese rencor, en lugar de enfrentarse con educación y cultura, se legitima políticamente.

¿Ejemplos?

— Se premia al okupa y se castiga al propietario, porque “pobrecito” el que ha ocupado.
— Se habla de rebajar la jornada laboral sin rebajar el sueldo, no para aumentar productividad, sino para que nadie se supere, no vaya a ser que el mediocre se sienta mal.
— Todos pasan de curso por decreto, no por mérito. No sea que el aplicado se crezca o que el vago se sienta discriminado.

¿Resultado? Una cultura del “mínimo común denominador”. Todos mediocres, todos nivelados hacia abajo, todos cómodos… y todos inútiles.mediocridad legalizada

¿De verdad crees que esto construye una sociedad justa?

No hay justicia en castigar la excelencia. No hay equidad en premiar la desidia. El mensaje es claro:

No te esfuerces, no destaques, no te comprometas… porque te pasarán por encima o te equipararán por decreto.

En lugar de fomentar la admiración hacia quienes alcanzan las 10.000 horas de esfuerzo, preferimos facilitar la crítica fácil, la queja hueca, es decir, la cultura de “yo también merezco” sin haber hecho nada por merecerlo.

¿Qué se espera de una sociedad que legisla el resentimiento?

¿Esperamos innovación, excelencia, liderazgo? ¿O simplemente un rebaño dócil, dependiente y anestesiado?

Ayudas para esto, ayudas para lo otro. Y nos hemos convertido en pedigüeños.

El objetivo parece claro: eliminar la verticalidad, que nadie brille. Y en esa oscuridad forzada, los que gobiernan se sienten más cómodos. Porque donde no hay mérito, no hay criterio. Y donde no hay criterio, el poder no se cuestiona, y la ineptocracia se nutre de apesebrados y mansos.

Epílogo

Yo no escribo para cambiar el mundo.

Escribo para que quien aún tiene sentido crítico no se sienta solo. Para que el que aún cree en el mérito, en el esfuerzo, en la responsabilidad, no sucumba al gaslighting institucional que intenta convencerle de que su ética es una aberración.

No lo es. Es, precisamente, lo único que nos puede salvar.

 

O quizás sigamos… 

 «TRAGANDO SAPOS»

 

 

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