Las civilizaciones no mueren de un infarto. Se van apagando lentamente. Adormecidas. Relajadas y complacientes. Se ablandan y caen en la pobreza y miseria. Después el nacionalismo, la violencia y la guerra. Y todo empieza cuando el valor del esfuerzo —ese principio que levantó imperios, ciudades y familias— es sustituido por la búsqueda del bienestar como fin supremo. Asistimos a la decadencia de Occidente.
Y en Occidente, nuestro mundo, hemos cometido el peor error: le hemos dado nombre, lo hemos institucionalizado y lo hemos convertido en un derecho. Lo llamamos Estado del bienestar.
Y lo defendemos como si fuera eterno, inagotable, incuestionable.
Como si fuera un derecho divino y no un privilegio frágil, fruto del trabajo y sacrificio de generaciones anteriores.
Un derecho económico sin esfuerzo es una falacia peligrosa
Cuando hablamos de “derechos económicos” sin hablar antes de producción, caemos en una trampa letal: todo lo que uno recibe sin esfuerzo, otro lo tuvo que producir por él.
Y eso no es justicia social: es esclavitud moral disimulada por retórica política.
Hemos construido un sistema donde los incentivos están completamente invertidos:
- castigar al que produce
- se premia al que consume sin producir
- se excusa al que ocupa viviendas
- muchos llaman “escudo social” a las transferencias indefinidas, condenando a la mentalidad del parasito a millones de personas.
- y se legisla desde la culpa, el miedo y el sentimentalismo
Todo esto no es compasión. Es decadencia
España: ¿laboratorio de la decadencia de Occidente?
En España, es un ejemplo claro de la decadencia de Occidente, un país endeudado que está al dictado de sus acreedores, esta enfermedad ya no es un síntoma, es el sistema con metástasis.
- Leyes que permiten la ocupación de viviendas.
- Políticos que reparten pagas sin exigir nada a cambio.
- Corrupción a todos lo niveles
- Impunidad porque la Justicia es lenta e inoperante.
- Ciudadanos que creen que tienen derecho a vivir del Estado sin haber puesto nunca un céntimo en él.
Y lo más grave: una cultura que ha dejado de admirar al que se esfuerza y ha empezado a envidiarlo.
El que ahorra, el que emprende, el que trabaja de sol a sol, ya no es ejemplo. Es sospechoso. Es “privilegiado”. Y se le obliga a pagar la fiesta ajena.
El ciclo eterno: auge, exceso, colapso, resurgir
Esto ya ha pasado antes. Roma lo vivió. Bizancio lo vivió.
Toda civilización que alcanza un excedente económico termina creyendo que ese excedente es eterno.
Olvida que la riqueza no cae del cielo, sino que se arranca de la tierra con trabajo, sudor y riesgo.
Y cuando eso se olvida, el sistema se desmorona.
No de golpe. Primero moralmente, luego socialmente, y por último económicamente.
Quizás sean nuestros nietos los que tengan que volver a levantar lo que dejamos caer.
O quizás pasen un par de siglos, y solo cuando la civilización que ahora nos adelanta (China, por ejemplo) entre en su propio ciclo de decadencia, tengamos una nueva oportunidad.
Así ha sido siempre.
Porque la Historia no se repite… pero rima.
Y esta estrofa que estamos viviendo suena a final de una época.
Este sapo se traga lentamente, ¿no crees?
«TRAGANDO SAPOS»
