Cognición omnisciente vs sabiduría transversal: pensar sin caer en la soberbia del experto

por Abel Marín
Cognición omnisciente

Vivimos en una época curiosa: la era de los expertos que opinan sobre todo, infectados por la cognición omnisciente, que es un sesgo cognitivo que aún no está incluido en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales o MDE, pero llegará … y de los inteligentes que han dejado de pensar por miedo a no ser “expertos”.

Por un lado, eminencias opinando de todo con voz de oráculo. Por otro, ciudadanos brillantes autocensurados, porque no tienen “formación acreditada” en el tema del día. No son celebrities ni doctores en ninguna materia. Aunque desgraciadamente, los doctorados cotizan a la baja por lo que algunos han hecho de ellos.

Entre ambos extremos, la sabiduría escasea.

Como el chiste:

¿Seré yo Señor, seré yo?

Espero que no, al menos no es la intención, pero me gusta reflexionar y compartirlo, pues en el debate pausado y educado está el avance, el crecimiento.

La cognición omnisciente: el experto que se cree dios

A este fenómeno se le llama cognición omnisciente: cuando una persona altamente cualificada en un campo empieza a opinar de todo lo demás como si su autoridad fuera automáticamente transferible.

Yo a veces pienso: un Premio Nobel de Física, es muy inteligente, más que yo seguro, pero no creo que sepa mucho sobre Derecho de sucesiones español.

Y lo hace sin dudar. Con aire de certeza. Con superioridad moral y tono definitivo.

La sociedad se lo consiente. Porque parece que, si alguien ha ganado un Nobel en física o ha creado una app que ha facturado millones, entonces puede también opinar sobre educación, justicia, ética, economía, alimentación, cambio climático o la estructura del alma humana.

Y no. No puede.
O al menos no sin el mismo rigor que exigimos en su campo.

El ultracrepidarianismo disfrazado de sabiduría

Apeles, pintor griego, lo dijo a su zapatero:

“No juzgues más allá de la sandalia.”

Pero hoy, el zapatero diseña sistemas de gobierno, pero:

  • El tecnólogo dicta moral.
  • El neurocientífico da clases de filosofía.
  • Y un activista da lecciones de historia y de todo lo demás.

Y todos —todos— lo hacen sin el más mínimo reconocimiento de sus límites.

Ese es el verdadero peligro del falso polimatismo: la arrogancia del saber parcial convertido en verdad total.

Hay una versión de andar por casa, muy popular, la aprendemos desde niños: el sabelotodo. Si además de mayor estudia periodismo y le damos un micrófono, la puede liar parda.

¿La solución? Un polimatismo prudente

La salida no es encerrarse en la hiperespecialización como si fuera una celda. Eso también mata el pensamiento.

En realidad, hoy más que nunca necesitamos una mente transversal, capaz de conectar ideas, comparar saberes, entender contextos, dudar con criterio y hablar con matices.

Pero eso no es lo mismo que pontificar sobre todo.

El verdadero polímata moderno es el que sabe bastante de muchas cosas, y lo suficiente de sí mismo como para saber cuándo callar. En mi caso, casi siempre. 

Saber hasta dónde sabes: el arte del pensamiento lúcido

Opinar no es un crimen. Pero opinar sin conciencia del límite sí es lo es, pero por imprudencia temeraria. Hemos de tener en cuenta que la estupidez es más dañina que la maldad, y todos los votos valen lo mismo y estamos rodeados.

Y eso, en esta era de micrófonos abiertos y egos inflados, es una epidemia.

  • No todas las opiniones son iguales.
  • No todas las voces tienen el mismo peso.

Y no porque unas tengan más títulos, sino porque unas saben más, piensan mejor, dudan más honestamente.

La sabiduría, si es auténtica, siempre viene acompañada de una dosis sana de silencio interior.

Lo que necesitamos no son sabios que lo sepan todo.
Sino personas que sepan hasta dónde saben.
Y que piensen —con rigor, con humildad y con libertad— en lo que sí saben.

 

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